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agosto 30, 2026A sus 20 años, Jeniffer Colta Yánez encontró en la fotografía una manera de mirar una realidad que también forma parte de su propia historia. Desde Cochas La Merced, en Imbabura, su proyecto “La Migración Silenciosa en los campos de Imbabura” aborda la migración, el abandono de la tierra agrícola y las transformaciones de los vínculos comunitarios. La exposición formó parte de la séptima edición de Agosto, Mes de la Fotografía y encontró en su propia comunidad uno de sus espacios más significativos de encuentro.
Jeniffer estudia Comunicación en la Universidad Técnica del Norte, pertenece al Pueblo Kichwa Karanki y es originaria de Cochas La Merced, en la parroquia Angochagua, cantón Ibarra.
Su acercamiento a la fotografía comenzó de manera empírica hace aproximadamente tres años, fotografiando principalmente a su familia y amistades. Para ella, las fotografías eran una manera de conservar personas, momentos y etapas de su vida.
Esa relación con la imagen tomó otra dimensión durante sus estudios universitarios. Como trabajo final de la materia de Fotografía debía desarrollar una propuesta documental sin mostrar rostros. Para encontrar una historia decidió no ir demasiado lejos: volvió a su comunidad.
Fotografiar aquello que ya no está
Cuando Jeniffer tenía seis años, sus padres dejaron Cochas en busca de mejores oportunidades para la familia. Durante años regresó constantemente a visitar a sus abuelos, pero con el tiempo aquellas visitas comenzaron a espaciarse.
Una conversación con su abuelo, preguntando cuándo volverían sus padres, despertó recuerdos de su abuela y de una pregunta que también ella solía hacer cuando extrañaba a sus hijos y nietos.
La migración no era entonces una problemática ajena: atravesaba su propia historia.
“Para mí es fotografiar desde la comunidad porque no es algo que me han contado ni solamente algo que he visto, sino algo que vivo”.
La condición de no mostrar rostros terminó convirtiéndose en una de las claves de La Migración Silenciosa en los campos de Imbabura. Si quería hablar de quienes ya no estaban, encontró en el vacío una manera de representar su ausencia.
Cuatro de las diez fotografías fueron realizadas en la casa de sus abuelos. Una yunta que antiguamente reunía a la familia para trabajar la tierra, un azadón que ya casi no se utiliza o los granos almacenados dejaron de ser solamente objetos cotidianos para convertirse en huellas de prácticas que necesitan de otras personas para existir.
Los caminos de su infancia ahora vacíos, las casas de adobe y tapia y los campos que durante generaciones fueron trabajados por sus abuelos y bisabuelos completaron un relato construido alrededor de tres ideas: el abandono de la tierra agrícola, la resistencia de quienes permanecen y la manera en que la migración ha transformado las relaciones comunitarias.
Cuando las fotografías volvieron a Cochas
Lo que comenzó como un ejercicio universitario tuvo después otra vida. En el marco de la séptima edición de Agosto, Mes de la Fotografía, La Migración Silenciosa en los campos de Imbabura fue presentada en Cochas La Merced con el acompañamiento de la Asociación de Fotógrafos Ecuatorianos.
Regresar las fotografías al lugar donde habían nacido transformó también la manera en que Jeniffer entendía su trabajo.
Mientras relataba las historias detrás de las imágenes, encontró entre el público a personas que permanecen en la comunidad y otras que habían migrado. Los adultos mayores reconocieron situaciones que viven cotidianamente, mientras quienes habían salido hablaron de cuánto extrañaban su llakta y a quienes permanecen allí.
Una frase de su abuelo quedó especialmente presente para ella:
“Pay kusaku por contar esto que uno también siente”.
La fotografía había dejado de funcionar únicamente como representación de una ausencia. Se había convertido también en un motivo para encontrarse, reconocerse y conversar.
Volver a hacer comunidad
De aquella experiencia surgió una reflexión que Jeniffer no había previsto cuando realizó las primeras fotografías:
“Quizá sea el inicio de volver a hacer comunidad o de encontrar otras formas de hacer comunidad”.
Para ella, hacer comunidad significa volver a compartir, conversar, ayudar, visitar a la familia, participar en las reuniones o regresar a trabajar juntos la tierra. Pero también implica pensar cómo vincular a las nuevas generaciones que han crecido fuera de Cochas con las historias y la identidad de la comunidad.
Por eso siente que todavía queda mucho por contar.
Las historias familiares, leyendas, recuerdos y formas de vida de Cochas permanecen principalmente en la memoria de sus adultos mayores. Jeniffer considera urgente escucharlas y transmitirlas, especialmente a quienes no tuvieron la oportunidad de crecer allí.
“Si no recordamos de dónde venimos, ¿cómo podremos contarles a quienes no crecieron aquí lo que significa Cochas?”.
Después de fotografiar aquello que la migración había dejado vacío, La Migración Silenciosa terminó abriendo una nueva pregunta: qué permanece entre quienes se fueron, quienes se quedaron y las generaciones que vendrán después.
Por Ángel Bayona






